03 November 2013

LA AUTORREFORMA DEL SINDICALISMO ESPAÑOL

Nota. Agradezco al compañero Álvaro Orsatti que me haya pedido este artículo para la revista de la Confederación sindical americana.



José Luis López Bulla*


Hay palabras que de tanto ser manoseadas, no pocas veces en vano, pierden no sólo su sentido originario sino que, incluso con frecuencia, acaban siendo un monumento a la banalidad.  Ese es, a mi juicio, el riesgo que amenaza –en algunos medios del sindicalismo europeo-- a la palabra «auto reforma».  Digamos que el destino de esta palabra, como otras, podría terminar atrapada por la sintaxis vacía y redundante de la retórica. Y puede ocurrirle lo que refiere el viejo dicho castellano: entre todos la mataron y ella misma se murió.  Por otra parte, «el reformador encuentra enemigos en todos aquéllos que se benefician del viejo orden, y sólo tibios  partidarios en aquéllos que podrían beneficiarse del orden nuevo”», según dejó sentado Maquiavelo.

Precisamente por ello cobra especial importancia la obra y el testimonio personal de Bruno Trentin, tal vez el sindicalista europeo más fascinante de la segunda mitad del siglo pasado. Efectivamente, Trentin es el hombre de la reforma permanente del sindicalismo italiano: unas veces lo consigue y otras se lo impiden  los que se benefician del viejo orden. Sin duda lo más exitoso de su contribución a la reforma sindical fue, a principios de los setenta, su contribución (junto a otros dirigentes) a la gestación de la nueva representación que significaron los consejos de fábrica (consigli di fabbrica) y una amplia gama de reivindicaciones cualitativas en la negociación colectiva. 

El presente trabajo intenta reflexionar sobre la necesidad de la auto reforma del sindicalismo español y en ello entramos sin mayor dilación. Cuatro razones exigen, en mi opinión, esta operación que, aunque urgente, debe ser abordada con tino y de manera gradual. Estas razones son: el cambio de paradigma de los aparatos de producción y servicios en el contexto de la globalización, la pérdida del poder económico de Europa, el envejecimiento de la forma-sindicato y los efectos de esta profunda crisis en la que todavía nos encontramos. 

Primero. A pesar del cambio de paradigma (tránsito del fordismo a un nuevo estadio en la producción y los servicios), el sindicalismo confederal español sigue teniendo una morfología y unos comportamientos como si no se hubiera producido dicho tránsito. Cariñosamente podríamos decir que el sindicalismo español (y pienso tres cuartos de lo mismo del europeo) es un sujeto que está desubicado de dichas mutaciones de época. Esto podrá ser considerado como una impertinencia pero no cambia la cuestión. O nos hablamos con seriedad o nos arriesgamos a formar parte del batallón de los «últimos mohicanos».

Segundo. Afirma atinadamente Isidor Boix  que [los sindicalismos] «están siendo afectados desde hace unos años, pero lo están siendo cada vez más en la medida que la globalización supone un desplazamiento hacia el Este de la actividad industrial, nuevas vías y contenidos de la comercial, así como un emplazamiento a las organizaciones nacionales y supranacionales, las sindicales entre ellas, para afrontar las problemas que de ello derivan» (1). En otras palabras, ¿debe el sindicalismo confederal mantener el corsé “nacionalista” cuando todo ha cambiado tan espectacularmente?

Tercero. La forma-sindicato en España ha envejecido mientras todo se mueve. Por eso, la manera de relacionarse el sindicalismo con el conjunto asalariado, que ya es una pluralidad compleja y no simple, ha envejecido también.

Las estructuras de representación interna siguen siendo las mismas que pusimos en marcha tras la recuperación de las libertades democráticas en España; y lo mismo podríamos decir de las de representación externa. Mucha agua ha corrido bajo los puentes desde aquellos entonces –hace cerca de cuarenta años— y, sin embargo, la casa sindical mantiene la misma arquitectura. Incluso a pesar de las gigantescas mutaciones que se han dado en los centros de trabajo, en la estructura de la clase trabajadora y en el salto de la pluralidad simple a la pluralidad compleja, esto es: la actual miríada de tipologías contractuales y, ahora, con la deconstrucción del contrato de trabajo. De ahí que la sugerencia que habría que dirigir al sindicalismo es la que dejó escrita el famoso Pereira (de Antonio Tabucchi): «deje de frecuentar el pasado, frecuente el futuro».

Cuarto. No quiero ser cenizo, pero debo partir de la siguiente hipótesis: la presente generación de dirigentes sindicales estará sometida a la presión de defender lo conseguido y no exactamente a ampliar las conquistas recibidas de sus mayores. De manera que en esta acción colectiva de auto defensa y recuperación de fuerzas no es beneficioso para los trabajadores (y para el mismo sujeto social) el mantenimiento de unas estructuras que ya son pura arqueología organizativa y de representación externa de la pluralidad compleja.

Pues bien, una vez situadas estas cuatro razones del por qué de la auto reforma sindical en España, vale la pena añadir otros pespuntes, a saber: las líneas generales que deberían presidir la tan mencionada auto reforma.

Primero. Si el centro de trabajo es el microcosmos de la acción colectiva del sindicato, es de cajón que ese sujeto autárquico que es el comité de empresa sea substituido por la sección sindical –esto es, el sindicato en tanto que tal— con todos los poderes que sigue ostentando el comité. Naturalmente, se trataría de encontrar las formas unitarias a través de un pacto, con normas obligatorias y obligantes, entre Comisiones Obreras y UGT, avanzando gradualmente desde la unidad de acción a la unidad sindical orgánica.

Segundo. Si hemos dado por hecho que estamos en el post fordismo, el tipo de reivindicaciones deben ser las que se desprenden de esa mutación de época. No puede ser que el grosor de las plataformas reivindicativas --no sólo en los convenios colectivos, también en el conjunto de las prácticas contractuales--
siga siendo el que se correspondía a la época del fordismo puro y duro. Lo que comporta una pérdida sensible de poder contractual real. Es imprescindible, pues, un giro de ciento ochenta grados en el carácter de las reivindicaciones, acordes sobre todo con el nuevo estadio postfordista, y especialmente vinculadas a la pluralidad compleja en la que tanto estamos insistiendo.

Tercero. Y, a partir de ahí, el gran desafío es dar el salto del actual sindicalismo para los trabajadores al sindicalismo de los trabajadores. Ahora mucho más necesario que nunca para seguir encarando con nuevos instrumentos y puntos de vista fundamentados los embates durísimos de esta crisis. En ese sentido, resuenan con fuerza las palabras del maestro Vittorio Foa: «para que los trabajadores tengan confianza en el sindicato, éste debe tenerla en los trabajadores».

Por ello, planteo una carga de profundidad. Programática y estatutariamente, el sindicalismo confederal debe declarar solemnemente que “la soberanía para decidir está en el conjunto de los trabajadores del ámbito donde se decide”. O sea, la soberanía para decidir lo que sea pertinente (un convenio, una acción colectiva, etcétera) está en el conjunto asalariado de ese ámbito concreto.

En efecto, se trata –«no tengamos miedo de lo nuevo», exigía Luciano Lama--  de una refundación sindical en toda la regla. A la misma altura de la que hicieron nuestros compañeros ingleses a mediados del siglo XIX, transformando las viejas Unions en nuevos sujetos; con el mismo coraje que nuestro  Joan Peiró transformó los ya arcaizantes sindicatos de oficio en federaciones de industria y sector. Ambos cambios significaron en su día dos cosas: la consolidación del sindicato como sujeto activo, «de clase», y generador de importantes conquistas de civilización.

Más todavía, tenemos dos ejemplos más recientes: uno, el resurgir del nuevo movimiento que representó Comisiones Obreras, a mediados de los sesenta del siglo pasado, y la reforma cultural (incluida) la organizativa del sindicalismo italiano que promovieron Bruno Trentin y sus compañeros (de la CGIL, CSIL y UIL: Pierre Carniti, Emilio Gabaglio y otros) a raíz de las luchas de los otoños calientes de principios de los setenta.

Finalmente, una pregunta parece obligada: ¿hay mimbres en el sindicalismo español para proceder a esta vasta auto reforma? Mi respuesta –en este caso intuitiva--  es afirmativa. Es una generación de dirigentes que se han fogueado en los últimos cinco años en un proceso de movilización sostenida, tal vez el de mayor diapasón de toda la reciente historia del sindicalismo español. Posiblemente a ello puede ayudar la lectura y el estudio sosegado de la obra canónica de Bruno Trentin, La ciudad del trabajo: izquierda y crisis del fordismo (2).


José Luis López Bulla fue secretario general de CC.OO. de Cataluña entre 1975 y 1995.

 

 

 

(1)            Isidor Boix en Sindicalismo europeo y sindicalismo asiático: una primera respuesta a José Luis López Bulla (http://lopezbulla.blogspot.com.es/2013/10/sindicalismo-europeo-y-sindicalismo_27.html)

 


(2)        El lector puede disponer de ella en castellano en la edición digital en http://metiendobulla.blogspot.com.es/, y en formato tradicional editado por la Fundación 1º de Mayo.  

06 February 2013

EL SINDICALISMO ESPAÑOL, HOY


EL SINDICALISMO CONFEDERAL ESPAÑOL CONTRA EL NEOLIBERALISMO

Para la Revista Alternative per il socialismo, Enero – febrero 2013



José Luis López Bulla*


Hasta donde la memoria me alcanza no recuerdo un periodo de movilizaciones tan sostenido como el que se está produciendo en España. Este periodo ha tenido su momento culminante en la realización de la gran huelga general, con el apoyo explícito de importantes sectores ciudadanos, del 25 de Noviembre pasado. 

Uno de los protagonistas más relevantes de esta presión sostenida es el sindicalismo confederal (Comisiones Obreras y UGT). Grosso modo, los rasgos que lo presiden son: 1) la dilatación en el tiempo, prácticamente desde el principio de la crisis de todos los colectivos asalariados, del trabajo autónomo y hasta de los sectores de la Judicatura, jueces y magistrados incluidos, que han ejercido su propio conflicto y apoyado reiteradamente las huelgas generales de los dos últimos años; y 2) un proceso unitario que va más allá de la tradicional unidad de acción. Se diría que mi país vive una situación de emergencia social contra las políticas neoliberales gestionadas políticamente, hoy, de una manera termidoriana criminalizando el conflicto social con una dureza desconocida en la España democrática.  Esta situación de efervescencia social tiene, sin embargo, una limitación: la ausencia, hoy por hoy, de una alternativa política; de ello se hablará más adelante.

¿A qué se enfrenta este gigantesco proceso de protestas obreras y populares? A la crisis económica que también en España está alcanzado una situación devastadora; a la política de recortes generalizados e indiscriminados (especialmente a los menos protegidos) en sectores tan sensibles como la sanidad y la enseñanza; a la desforestación de derechos sociales, cuyo paradigma es la sedicente reforma laboral; a los intentos de privatizaciones generalizadas en sanidad y enseñanza; a los escándalos y estafas financieras de las instituciones bancarias, que han significado una ingente cantidad de recursos malgastados o desviados de lo público a lo privado; a los centenares de miles de desahucios en los últimos años por la crisis de las hipotecas de las viviendas; a la política represiva contra todo lo que protesta y disiente en las calles de mi país. 

1.— Esta protesta, por otra parte, ya no está circunscrita a los grandes núcleos urbanos. Se ha ido extendiendo, como una mancha de aceite, por toda la geografía hispana: de hecho, no quedan ciudades pequeñas y alejadas de las capitales de provincia sin haber participado en esa oleada de movilizaciones con manifestaciones populares y encierros (por ejemplo, de ancianos setentones y ochentones) en defensa de los centros primarios de sanidad o contra las estafas financieras. Novedad también en las vestimentas de los manifestantes: los mineros con su blusas azul marino, la “marea verde” de los enseñantes y la “marea blanca” de los profesionales de la salud; la “marea negra” de los funcionarios públicos, la “marea naranja” de los empleados de los servicios sociales y la “marea roja” de los trabajadores industriales, y así sucesivamente. Con lo que cada manifestación es la apariencia de ser un gigantesco arco iris.    

El itinerario de esta presión sostenida ha conocido una evolución muy novedosa. Hasta hace dos años las luchas sectoriales no tenían relación las unas con las otras, ni todas en su conjunto con un objetivo general.
Cada cual, por así decirlo, se enfrentaba a las decisiones gubernamentales que les concernían. Pero gradualmente el sindicalismo confederal ha sabido reconducir esa dispersión y, unificando los objetivos y los conflictos, ha conseguido que todos los afluentes hayan desembocado en el caudaloso gran río de la protesta popular. Fausto Bertinotti hubiera dicho de todo ello que se trata de un movimiento de movimientos;  un panorama absolutamente inédito en la España contemporánea. Como igualmente han sido inéditas las nuevas formas de solidaridad que se vienen desarrollando en los últimos tiempos: recibimientos masivos en todas las ciudades donde pasaban las marchas de los mineros hacia Madrid; las de los enfermos con los sanitarios (médicos, enfermeras y celadores) en defensa de la sanidad pública en Madrid; las familias apoyando al profesorado; los vecinos impidiendo no pocos desahucios. Un movimiento solidario de movimientos solidarios.  Vale decir que el sindicalismo confederal se está comportando como un auténtico sujeto extrovertido creando un nuevo relato común,  a través de la acción colectiva, del movimiento de los trabajadores y de una amplísima mayoría de la sociedad.   

No obstante, es del todo evidente que toda esa formidable movilización, sostenida en el tiempo y en el espacio, tiene un marcado carácter de autodefensa. 

Especial mención en todo ese gran movimiento de protesta es el de los Indignados, cuyo lema central es ¡Democracia real, ya! con acampadas y manifestaciones de masas en todas las capitales de provincia españolas. Es un movimiento de jóvenes trabajadores en paro o del mundo del precariado, de universitarios, de capas medias empobrecidas o con dificultades económicas que todavía está alejado y desconfiando del sindicalismo confederal y al que éste mira con una cierta perplejidad.  Entiendo que no es buena cosa esta separación de tan importantes sujetos, y pienso que corresponde al sindicalismo seguir esforzándose en crear un foro de debate permanente con los Indignados. Téngase en cuenta que este movimiento (que, en buena medida ha hecho aflorar a la superficie una considerable parte de la izquierda submergida) tiene en su programa un elenco de planteamientos idénticos a los del movimiento sindical, y que en cierta medida recuerda los primeros andares del movimiento de Comisiones Obreras.

Confío que el buen hacer de los sindicalistas vaya eliminando las zonas de desconfianza mutua que todavía existen, generando síntesis sucesivas de proyecto y acción común. Lo sorprendente es que la desconfianza sindical hacia este nuevo universo proviene no tanto de los veteranos como de los cuadros sindicales más jóvenes.   

2.--  En gran medida la unidad de acción entre CC.OO. y Ugt es la responsable de esta presión sostenida en el tiempo y en el espacio. De hecho podemos decir que es algo más que la tradicional unidad de acción y menos que la unidad sindical orgánica. Se diría que es el resultado de la siembra de unas excelentes relaciones que vienen desde hace más de veinte años. No quisiera pecar de petulante, pero creo que esta situación es envidiable en el sindicalismo confederal europeo, y si me es permitido el descaro diría que especialmente en   Italia, donde parece haberse instalado una barroca teorización de la división sindical. 

Tal vez la explicación más clara de este largo proceso unitario español es que sus argumentos no han surgido de consideraciones abstractas ni de la bondad teórica del hecho de la unidad sino de la continuidad de la ´rentabilidad´ del estar juntos entre sí. Lo que ha permitido su permeabilidad en el amplio tejido de las estructuras sindicales. También en el terreno de las relaciones unitarias entre CC.OO. y UGT han aparecido novedades de especial significación: el sindicalismo confederal catalán ha establecido un protocolo por el que se crea un Comité de enlace entre los dos sindicatos, ya ratificado en el reciente congreso de las Comisiones Obreras catalanas y pendiente de aprobación por el próximo congreso de UGT. Esta experiencia catalana debería extenderse a lo largo y ancho de España y,  muy especialmente, en los más altos niveles de las direcciones confederales, indicando de esta manera que se quiere poner en marcha una nueva narrativa unitaria.   

No estamos, así las cosas, ante un proceso de fusión de las dos organizaciones sindicales sino ante un nuevo cemento que consolida la unidad de acción. En todo caso, me atrevo a decir –con toda la prudencia del mundo— que en España existen las bases objetivas para la construcción, desde abajo, de un sindicato confederal unitario.  Esta es, a mi juicio, la narrativa en la que debería empeñarse el sindicalismo español.

3.--  La importante movilización del sindicalismo confederal contra la política neoliberal del gobierno tiene, sin embargo, una laguna: la negociación colectiva, salvo raras excepciones, está casi paralizada desde hace un año. Diríase que el sindicalismo, en ese terreno, se encuentra atenazado entre, de un  lado, las medidas de la sedicente reforma laboral que es una agresión en toda la regla a derechos e instrumentos; y, de otro lado, la actitud intransigente de la patronal a negociar los convenios porque sabe que el gobierno le está haciendo el trabajo sucio.

Todo ello se está traduciendo en una pérdida de poder adquisitivo de los salarios (continuamente recortados en la Administración pública) por la vía de la inflación y de una serie de subidas arbitrarias de los impuestos, por ejemplo el impuesto del valor añadido (iva), y en una pérdida del control de la organización del trabajo. A lo que debe añadirse la salvaje reestructuración (sin innovación de los aparatos productivos) de centenares de miles de empresas: unas se aprovechan de las facilidades que les ofrece la llamada reforma laboral que incrementa la violencia del poder privado del poder empresarial; otras son, con mayor o menor aproximación, la expresión de la crisis del tosco sistema productivo español (1). Lo que se está concretando en un incremento espectacular de los expedientes de regulación de empleo que  expedientes de regulación de empleo (ERE) autorizados o comunicados entre enero y agosto de este año que han ascendido a 22.007, el 69,7 % más que en el mismo período de 2011, mientras que el número de afectados por ellos ha crecido un 53,3 % (hasta los 299.021 asalariados). En realidad lo que está en marcha es una operación que, parodiando a James Bond, tiene “licencia para despedir”.

Todo ello indica hasta qué punto están cayendo sobre los sindicatos españoles una serie de tormentas de complicado manejo. Pero que, en todo caso, tienen el desafío de conjugar la acción colectiva en el centro de trabajo, recuperando la iniciativa en el terreno contractual, general y descentralizado, con la presión sostenida contra el conjunto de las políticas neoliberales.

4.--  Buena parte de los problemas de la parte de la crisis, que es específicamente española, vienen de la gestión errática del gobierno anterior del Presidente Zapatero. Ahora bien, las actuales políticas de la derecha política y económica española están agravando hasta límites paroxísticos “la herencia recibida”.

¿Cuál es el cuadro político español? Una derecha cavernaria que tiene la mayoría absoluta; una crisis de los socialistas que es de identidad, proyecto, liderazgo y organización con una espectacular pérdida de poder en las instituciones autonómicas y municipales; y una izquierda alternativa que incrementa su representación, pero que no cubre, ni de lejos, lo que ha perdido la izquierda moderada del socialismo español. Esto es, por un lado, la izquierda paliativa del PSOE --la expresión referida a la socialdemocracia europea es de Alain Supiot (2)--  y, de otro lado, la izquierda alternativa, IU, que, ganando representación y representatividad, no aparece como sujeto realmente intimidante. Una izquierda que “acompaña” los cambios dictados por el capitalismo financiero intentando ablandar los efectos sociales más devastadores y otra izquierda que no parece ubicada suficientemente en el actual proceso de reestructuración profunda de toda la economía en el cuadro sin retorno de la globalización.   

Así las cosas, el sindicalismo confederal reaparece como sujeto político de una manera un tanto contradictoria: por una parte, movilizando a millones de personas en las calles y, de otra, con una insuficiente acción colectiva en los centros de trabajo. En todo caso, no pocas de las funciones a las que se auto obliga el sindicalismo español representan una especie de substitución de aquello que las izquierdas o no quieren o no saben poner en marcha, esto es, darle cuerpo político al conflicto social. Lo que, a fin de cuentas, representa una sobrecarga enorme en las espaldas de los sindicatos.

5.--  CC.OO. y UGT están en puertas de sus respectivos congresos confederales. Comisiones lo hará a mediados de febrero y UGT en la primavera. Es de suponer (y esperar) que acertarán en el diseño de un proyecto orientado a resituar el poder contractual en el centro de trabajo, recuperando gradualmente los destrozos de la mal llamada reforma laboral. Y, desde ese anclaje en el centro de trabajo, diseñar la autodefensa y alternativa de un welfare más inclusivo que recupere, a su vez, los derechos y conquistas anteriores. Un proyecto sindical, en suma, que ponga las bases de un diálogo con aquellos sectores con los que nunca ha dialogado. Y que diseñe un itinerario que, desde abajo, proponga a los trabajadores un sindicalismo confederal unitario.


 

(1)    “A pesar de la insistente retórica sobre la necesidad de impulsar, apoyar y extender la innovación, la realidad es que la mayoría de nuestras empresas siguen padeciendo bajos niveles de innovación, donde la mayoría no va más allá de concentrar sus esfuerzos en reducir costes -por la vía de reducir plantillas o contratar servicios externos- que naturalmente pueden mejorar los resultados económicos, pero al mismo tiempo, cuando el mercado está estancado y la competencia es solo por precios, en no pocas ocasiones se acaba creando un verdadero círculo vicioso que obliga a una espiral de constante deterioro de las condiciones de trabajo y a la vez de destrucción de empleo y, con ello, de debilitamiento del proyecto mismo de la empresa”. Joaquim González Muntadas en: POLÍTICA INDUSTRIAL: ¿DONDE ESTÁ LA INNOVACIÓN?, http://lopezbulla.blogspot.com.es/2012/12/politica-industrial-donde-esta-la.html

 

(2)    Alain Supiot. Introducción a la edición francesa de La città del lavoro (Bruno Trentin), editada por Fayard, Poids et Mesures du Monde (2012). Ver en   http://lopezbulla.blogspot.com.es/2012/12/alain-supiot-diserta-sobre-trentin.html Por otra parte, dicha obra ya ha aparecido en su versión castellana en formato papel en la Fundación Primero de Mayo (con introducciones de Nicolás Sartorius y Antonio Baylos) y en formato digital, ambas en traducción de José Luis López Bulla en  http://metiendobulla.blogspot.com.es/

 

 

 

 


* José Luis López Bulla fue secretario general de CC.OO. de Cataluña desde 1976 a 1995.